¿No sufría también ella en su amor, en su orgullo, en todas las fibras de su ser, con un sufrimiento comparable al que hubiera experimentado viendo al altivo soldado que era su padre condenado a la degradación militar?
¿Y aquella desgraciada abandonada, sola al lado de la cuna de su hijo y que había debido pasar por mil torturas antes de trazar aquel testamento de odio? Aquella sufría hasta la desesperación, hasta la locura, hasta el suicidio acaso, como mujer y como madre.
¡Dios mío! El que causaba tales dolores, tales faltas, tales crímenes, ¿no era más indigno de perdón que el peor criminal?
Por otra parte, ¿qué le importaba a ella todo esto?
Nada tenía que ver con tal asunto.
Si había caso de conciencia, era para la que había trazado aquellas líneas, no para ella.
Ella no era más que un instrumento pasivo, un autómata sin corazón, sin nervios y sin entrañas, que dejaba pasar el telegrama venenoso, producto de nuestra civilización, como en la edad media la justicia del Rey.
Ese era su derecho, más aún, su deber.
Todo la obligaba a ello, su juramento, el honor, la disciplina.
Si la venganza salía ganando, mejor...