Sordos murmullos y gritos confusos:
—¡Ahí están! ¡Ahí están!
Las comadres se empujan; los muchachos se derriban; los unos se encaraman en los bancos; los otros trepan a los árboles; los carruajes se adelantan al paso, majestuosamente; ábrese de par en par la puerta principal y los recién casados aparecen en el umbral, ella resplandeciente de dicha en la blanca nube que la aureola, y él un poco molesto por aquellas miradas curiosas. Empújala suavemente hacia la carretela acolchada de seda blanca y florida con bolas de nieve en armonía con la decoración de invierno, verdadera antecámara de enamorados. Pero ella le pide algo con deliciosa timidez; él hace un gesto de contrariedad y parece protestar, pero ella insiste amablemente; él se resigna, no sin mal humor, da al cochero una breve orden y se mete a su vez en el coche, que describe una parábola y va a pararse delante del Correo.
Y antes de que Liette pudiera darse cuenta de lo que pasaba, la recién casada estaba en sus brazos, en su corazón.
—Querida, querida amiga... ¡Cuánto la he echado a usted de menos! En el más hermoso día de mi vida... Porque, no hay que decírselo pero le adoro...
Liette besa lentamente los hermosos ojos, tan confiados, tan dulces, tan poco hechos para las lágrimas; envuelve en una caricia maternal a la joven acurrucada en su seno como un tímido pajarillo y su mirada, severa por primera vez, se fija en el conde, mudo y cortado ante aquel gracioso espectáculo.
—¡Amela usted mucho al menos!—dice con un acento cuya amargura él solo comprende.
Raúl se inclina, halagado en su íntima fatuidad masculina por lo que él toma por un sentimiento de despecho involuntario que se descubre a través de la indiferencia afectada que mortificaba a su amor propio.
—No lo dude usted, señorita—declara en tono malicioso.
Se han marchado, y se dirigen ahora hacia el castillo.