Cuando Hardoin volvió por la noche al despacho, se quedó muy sorprendido al encontrar en él a su joven vecina que le estaba esperando.
—¿Es usted, amiga mía?—exclamó haciéndola pasar con una deferencia llena de simpatía.—¿Se encuentra usted mejor?
—Me encuentro muy bien, querido señor Hardoin—respondió Liette en tono firme.—Estoy ya curada, y vengo a consultar a usted para un documento...
—¿Es algún contrato de matrimonio?—insinuó el notario tímidamente.
—No, señor Hardoin, es un proyecto de adopción.
Un año después estaba la joven empleada delante del aparato Morse, que tan rudamente le había martirizado el corazón, y transcribía sin palidecer un telegrama de Roma, donde era entonces Raúl secretario de la embajada, dirigido al señor Neris, retenido en Candore por un ataque de gota.
«Mi querido tío: eres abuelo de una hermosa niña.»
Liette echó una mirada de amor a un niño blanco y sonrosado que se revolcaba en la alfombra, y dijo con acento profundo:
—Yo también tengo un hijo.