—Yo también la quiero, y si no se tratase más que de mí... ¡Pero el mundo y sus prejuicios! Raúl puede perjudicarse en su porvenir y en su carrera, y yo también soy madre, amigo mío.
—Te comprendo, pero, en fin, Raúl tiene los gustos de mi clase y una situación honrosa que reclama muchos gastos, que yo puedo sufragarle, muy feliz de agradecer así la felicidad que mi hija os deberá a los dos.
La condesa se levantó.
—Ya hablaremos de esto, hermano mío. No hay prisa y tenemos tiempo de pensarlo... Reflexionaré... Pesaré mis sentimientos y mi razón.
—Cuento sobre todo con tu corazón.
Una vez sola, la de Candore tuvo una sonrisa de triunfo.
—El cascabel está puesto, dijo. Con tal de que Raúl no le quite... Ahora lo urgente es despedir a la institutriz.
Con el cigarro en la boca y las riendas sueltas en el cuello del caballo, Raúl volvía a Candore soñando con el perfil que había vislumbrado un instante en la ventana abierta y tan pronto vuelta a cerrar.
Las pocas noticias adquiridas por los dependientes en casa del notario Hardoin no habían hecho más que aumentar su curiosidad y, mientras seguía con mirada distraída las espirales azuladas que flotaban delante de él como una ligera nube, iba evocando la delicada silueta que se le había aparecido en un marco de follaje a través de la bruma matutina.
—¡Raúl!