—Ya ves, sin embargo, lo que me cuesta y a lo que nos expone ese instante de debilidad: el reposo de mi hijo y el de Blanca comprometidos acaso para siempre. ¡Pobre niña!... A ella es sobre todo a quien compadezco; la vida le resultará muy difícil. El mundo condena implacablemente en los hijos las faltas de los padres. Es injusto, pero es así. He reflexionado en esto muchas veces, pensando en el momento en que habrá que casar a esta niña a la que tanto quiero. ¡Cuántos obstáculos, Dios mío! He pasado revista a todos los pretendientes posibles, y los que más nos convendrían son los que más vacilarán.

—Sin embargo, mi yerno...

—Tu yerno lo será también de una figuranta de Drury-Lane a quien has hecho la locura de dar tu nombre y que era indigna de llevarle. Muchas familias lo pensarán mucho.

El anciano bajó la cabeza ante esta evocación brutal de un triste pasado que él hubiera querido enterrar en el olvido.

Cuando después de una separación escandalosa se refugió en casa de su hermana con una niña todavía en la cuna, resto de aquel lamentable naufragio, aceptó sin dificultad y hasta con una especie de alivio las condiciones de la condesa, que exigió que Blanca pasase por hija suya y que no se hablase jamás de la madre, a quien se negaba a reconocer por cuñada.

—Mi mujer ha muerto; es inútil hablar de ella—dijo Neris haciendo un esfuerzo.—Pero mi hija Blanca es inocente y debes tener piedad de ella.

—¿Cómo?

—Puesto que esos muchachos se aman, habría un medio muy sencillo, si tú quisieras: casarlos, y Blanca seguiría llamándote su madre.

—¿Cómo puedes pensar tal cosa?

—Es un gran sacrificio... Pero tú serás buena con mi pobre hija... Te quiere tanto... No la rechaces, te lo suplico.