Pero era uno de esos hombres que son ya maduros a los veinte años, y Raúl, que se creía más joven, no tomó la frase por un cumplimiento.

En fin, una noche, creyó oír a la marquesa de Luchessi pronunciar detrás del abanico el epíteto de «Viejo verde».

Evidentemente aquello no podía referirse a él (lo repetía muy alto para convencerse de ello), pero no había dejado de causarle una impresión tan desagradable como una ducha helada.

¿Iba él a representar el papel del tío Neris o tendría que resignarse a desistir de todo?...

Penosa alternativa para aquel incorregible vividor, mariposa de noche que prefería al aire puro de los bosques la atmósfera asfixiante de los salones, que volaba de flor en flor y se complacía en las intrigas femeninas como una vieja coqueta, pero sin renunciar a jugar su partida ni resignarse a pasar a la reserva.

Según la linda frase de María Leckzinsca, «Un cochero viejo gusta siempre de oír restañar el látigo.»

Pero a Raúl le gustaba más tenerlo por el mango...

Durante aquel período de desanimación y cansancio fue cuando conoció a miss Darling en la embajada de Inglaterra.

Era sobrina de un riquísimo americano, Ricardo Darling, que había empezado por correr con los pies descalzos por las calles nacientes de Chicago vendiendo a los albañiles unos pasteles cuyo aroma era su principal alimento; y diga lo que quiera don César de Bazán, «El olor del festín...» es poca comida para un estómago de diez años.

¿Cómo el pastelero se había elevado a una fortuna comparable con la de Menzikoff? Fue aquel un milagro de energía, de actividad y de audacia de los que son moneda corriente en el Nuevo Mundo.