Hoy, el tío Dick poseía una parte de la ciudad monstruo que había crecido con él y no por eso estaba orgulloso. Su único placer era no rehusar nada a su sobrina ni a su estómago.

—Tú puedes comprarlo todo, y yo también—declaraba con cándida fatuidad.

Desgraciadamente, hay cosas que no se compran, y ocurría con frecuencia que ante las maravillas gastronómicas que se amontonaban en su mesa, el tío Dick echaba de menos el tiempo en que no tenía más que el olor de sus pasteles... y un excelente apetito.

Educada con esa libertad de las americanas del Norte, que, en ella, lejos de degenerar en desvergüenza, era una tranquila conciencia de su fuerza, Eva se destacaba absolutamente en aquella sociedad cosmopolita en la que las antiguas familias romanas, lánguidas y agotadas, tratan de regenerarse al contacto de los jóvenes bárbaros, como Tiberio en Caprea, con esos baños de sangre impotentes para renovar la de sus venas.

Ridículos esfuerzos de un mundo que no quiere morir, y grotescas ilusiones de un mundo que, nacido de ayer y vacilando aún en los pañales, pretende iluminar el universo en las orillas del Tiber como en la rada de Nueva York.

En estas condiciones las personas se mezclan pero no se confunden; cada cual conserva sus cualidades y sus defectos, sus defectos sobre todo, como esos esposos desconfiados que reclaman los beneficios de la comunidad sin querer soportar sus cargas.

Como esos barrios nuevos edificados apresuradamente para la especulación, y ya derruidos sin la patina del tiempo, la joven colonia americana se agrieta y se hunde como la vieja aristocracia romana, la cual, al menos, se armoniza con las ruinas imponentes del Coliseo y del Capitolio en que descansa, todavía majestuosa, como un César expirante.

Miss Darling se destacaba en aquella sociedad ficticia por una nota muy personal: la sinceridad.

Tal como era, así se mostraba, sin ningún cuidado de la opinión ni del efecto que pudiera producir.

Cuando le gustaba una cosa, lo decía; y tampoco disimulaba lo que le inspiraba desprecio. Tenía lo que más falta en esta sociedad indecisa y flotante a pesar de su aplomo afectado: la solidez.