Solidez en su ingenio, en su corazón y en su juicio, así como en su personilla de buena apostura, que marchaba recta a través de la multitud con ese aplomo tan sencillo y tan natural más dominante que la audacia.

Su desprecio por los homenajes se los atraía más que a nadie y una palabra de aprobación o un gesto benévolo tenían más precio viniendo de ella que los más altos favores de las mujeres de moda.

El día en que, en el curso de una conversación, declaró al señor de Candore que no le gustaban los jóvenes, el diplomático sintió casi fatuidad por sus cincuenta años.

—¿Puedo preguntar a usted la razón de ese ostracismo, que, por desgracia, no se refiere a mí?—preguntó sonriendo.

—Es muy sencillo; para mí, el hombre no vale más que por sus actos. Ahora bien, por la fuerza de las cosas y salvo excepciones, los jóvenes no tienen detrás de sí más que la nada y se apoyan solamente en los méritos paternos, que les han hecho lo poco que son. Su mérito personal, a pesar de su soberbia confianza en este punto, no está todavía más que en el estado de esperanzas, y yo espero que se digne revelarse.

—¡Ah! miss Darling, la juventud es también un mérito que se aprecia mucho, sobre todo cuando está lejos.

—En una mujer, sí, como la belleza; pero en un hombre es cosa superflua. Siempre preferiré a unos cuantos belitres como sus agregados de embajada, príncipes del turf o reyes del cotillón, uno de esos reyes del petróleo de los que se ríen en Francia, pero cuya iniciativa, cuya actividad y cuya inteligencia alimentan millares de existencias, o un general viejo, como el príncipe de San Remo, que ha arriesgado veinte veces la suya.

—Pero es muy feo, señorita.

—Yo le encuentro guapo—declaró la joven con entusiasmo.

—¿Habrá que decírselo?