La joven se echó a reír y dijo con más seriedad:

—La verdad es que la edad no importa en la cuestión. Hay octogenarios sin bagajes, y Mozart y Bonaparte eran ya viejos de gloria a los treinta años.

—¡Ay! señorita, ¿hay que ser Mozart o Bonaparte para encontrar gracia con usted?

—No soy tan ambiciosa; no me gustan las nulidades, y nada más.

Nadie se considera como una nulidad. Candore, en particular, tenía una buena opinión de sí mismo y no retuvo de esta conversación más que la parte halagüeña:

La joven americana no temía la madurez.

Raúl, desde entonces, puso una especie de coquetería en confesar su edad y no discutió ya con el espejo la aparición de una arruga o de una cana.

Con el cigarro en la boca y las riendas sueltas en el cuello del caballo, Raúl se dirigía lentamente a Candore pensando en la fina silueta del joven capitán que había visto en la ventana y que había causado tan linda sonrisa en los labios de miss Darling...

¿Quién podía ser aquel muchacho?

—Un oficial de gran mérito y del más brillante porvenir—había respondido Eva con un entusiasmo nada disimulado y que ensombreció un poco la frente del diplomático.