Sin que pareciese que se daba cuenta de ello, la joven se había extendido largamente al hablar de las circunstancias novelescas de su encuentro en África, donde él había desplegado una admirable sangre fría y un raro valor para sacarla, a ella y a su tío, de las garras de una tribu de tuaregs en que se habían aventurado imprudentemente.

Por muy maravillosa que fuese la historia y graciosa la narradora, no encantó más que medianamente los oídos del oyente.

—¿Cómo se llamaba aquel héroe?

—El capitán Raynal.

—Raynal... Raynal...

El conde buscaba en vano en el fondo de su memoria.

Nunca Liette, bastante discreta, es cierto, ni su madre, bastante prolija sin embargo, le habían hablado de un pariente de ese nombre; creía su familia extinguida.

Guardando para él sus reflexiones, el conde escuchaba con creciente irritación aquel molesto elogio del que la joven miss no le dispensaba. Así fue que vio con una especie de alivio la verja del castillo de Argicourt, donde Eva estaba de temporada en casa de unos amigos comunes.

¡El, que se regocijaba por tal vecindad, sin haber previsto el tal militarcito!...

¿De dónde diablos había salido?