Raynal... El capitán Raynal...
Desde su matrimonio no había sabido nada de Liette...
La correspondencia entre ella y su antigua discípula se había ido acabando poco a poco, pues la una temía preguntar y la otra responder. Pronto la pluma se había caído de los dedos helados de la condesita, y el silencio se había producido.
En sus raras apariciones por Candore, el conde, movido por una especie de respeto involuntario, se había abstenido siempre de pronunciar el nombre de la empleada, a quien, por otra parte, había casi olvidado. Sabía solamente por algunas palabras en el aire recogidas al azar de las conversaciones, que se había negado siempre a dejar su puesto, prefiriendo ascender en él, y Raúl lo había atribuido a un recuerdo halagüeño para su persona.
—Pobre muchacha; estaba loca por mí—pensaba con indulgente fatuidad.
Y no se ocupaba más del asunto.
Hoy, la aparición de aquel buen mozo en la misma ventana de otro tiempo... turbaba sus ideas como una interrogación.
Su nombre, sus facciones, su edad, todo era materia de suposiciones y de hipótesis.
Siendo capitán y estando condecorado, debía de tener veinticinco o treinta años, aunque apenas los representaba.
A primera vista se parecía a Liette, evidentemente, no en el color de los ojos y del cabello ni en el corte de cara, sino en la expresión.