¿Y se llamaba Raynal?

¿Será que?...

El negro demonio de los malos pensamientos rozábale con su ala, y una sonrisa burlona respondía a las cejas fruncidas.

¿Será que?...

Tendría gracia...

¡Ella, que las echaba de virtuosa!

¿Habré yo hecho el tonto?

El conde arrojó el cigarro sin acabar con una cólera mezclada de despecho.

El amor propio, más vivaz que el amor, hacíale sentir su aguijón.

¿Se habría burlado de él?