¿Se le habría impuesto por una falsa dignidad y un pudor afectado, hasta el punto de obligarle a ofrecerle su nombre, siendo acaso indigna de él, y conservando la careta hasta el fin para robarle su estima y su respeto?
El conde iba montando en cólera y toda una antigua levadura de celos retrospectivos fermentaba de repente en el fondo de su ser estragado.
Raúl trataba de reírse.
¡Celoso yo!... ¡Y de una cincuentona!... Vamos allá, querido, tu reloj retrasa...
No, pero no quería ser engañado, y si sus sospechas eran fundadas, entonces...
Entonces, ¿qué?
¿Qué le importaba a él?
¿Iba a insultar a una mujer, él, un noble? ¿Y por qué?
¿A causa de aquel guapo oficial a quien sonreían las muchachas?
—Que no se ponga en mi camino—exclamó blandiendo el látigo con una violencia que hizo encabritarse a su caballo.