—Hola, sobrino... ¿Con quién diablos disputas?
El señor Neris, apoyado en su bastón, apareció en la linde del bosque.
El conde sujetó muy diestramente a su caballo y dijo echando pie a tierra:
—¿Quieres que volvamos juntos, tío?
—Con mucho gusto, amigo mío.
Púsose al brazo las riendas del caballo, penetró con su tío bajo las altas arboledas que rodeaban el castillo y siguió el mismo camino en que la pobre miss Dodson vertió tantas lágrimas veinticinco años antes.
—Veo que eres todavía un brillante jinete.
—Gracias a tus lecciones, tío. Tú fuiste quien me puso la primera vez a caballo.
—¡Ay! parece que te estoy viendo todavía con mi pobre Blanca. ¡Qué lejos está eso, Dios mío! Y después, cuántas penas...
Su blanca cabeza se inclinó sobre el pecho. Raúl se callaba, respetando aquel gran dolor.