—Esta mañana saliste muy temprano—dijo al fin el anciano haciendo un esfuerzo.

—Sí, he estado en Argicourt. Había prometido a miss Darling salir con ella a caballo, pues su tío está lejos de valer lo que el mío en punto a equitación. Hemos dado un buen paseo.

—Siempre es bueno un paseo dado con una mujer guapa...

—¿Te gusta miss Darling?

—Mucho. Es sencilla y natural; toda su persona denota una rectitud, una lealtad y un aplomo que no he encontrado en las demás.

—Me hacen feliz esos elogios, pues si yo me decidiera a llenar el vacío de mi hogar, querría mucho tener tu aprobación.

El octogenario se paró de repente.

—¿Piensas acaso?...

Su voz temblaba.

—¡Dios mío! ¿Por qué disimularlo? Ya sabe usted si he amado tiernamente a la querida criatura que el cielo me arrebató muy pronto...