—Explícate...

—Oye. Quisiera tenerte más cerca de mí, tía Liette; mi sueldo bastaría para los dos... Quisiera que me siguieses a mis lejanas guarniciones como en otro tiempo a tu padre. Quisiera no tener sólo presente la imagen del hogar que has creado al huérfano, sino ese hogar mismo y la que es su alma. ¿No te gustaría volver a ver aquella tierra de África en que diste los primeros pasos?

Liette sonrió, dulcemente conmovida por esta delicadeza filial.

—Eres bueno y tierno, hijo mío, al pensar en mi soledad más aún que en la tuya; pero a mi edad no se rompen las costumbres de veinticinco años. Me atan a esta pobre aldea muchas cosas de las que no se llevan en la suela de los zapatos. En rigor, pudiera arrastrar conmigo tu cuna como las pobres «reliquias» de mi madre, pero no su tumba; y cuando se baja la cuesta de los cincuenta años los muertos atraen más aún que los vivos.

—Gracias a Dios, tía Liette, como decías hace un momento, estás buena y sana, y yo, que no vivo con mis recuerdos, desearía otra compañía.

—«No es bueno que el hombre esté solo», luego tu deseo es muy legítimo; pero no es una vieja como yo la que debe llenar el vacío de tu casa y de tu corazón... Necesitas una joven y linda compañera y hermosos hijos...

—De los que tú serás abuela.

—Es un papel que me gustará mucho, y quizá entonces pediré mi jubilación para estudiarle con descanso... pero no antes.

El joven se retorció el bigote con expresión distraída y su mirada vaga pareció buscar en el espacio una silueta fugitiva.

La tía Liette le observaba como al descuido.