—¿Está en camino, Carlos?—preguntó maliciosamente.

—No, todavía está en las nubes.

Y con una risa un poco forzada para ocultar su confusión, el joven dio un sonoro beso en la frente de la empleada.

—De modo que no es todavía esta vez cuando te llevo conmigo, tía Liette...

—¡Cómo! mal muchacho, ¿quieres llevarte a mi vecina?

Y el señor Hardoin que entraba le amenazaba alegremente con el dedo.

—Sí, padrino, y a usted también si quiere.

—¡Oh! si no dependiera más que de mí, daría con gusto la vuelta al mundo...

—¿Dejar el despacho? ¿Usted? ¡Imposible! Apuesto a que es el miedo del viaje de novios lo que le ha impedido a usted casarse.

—No se burle usted, mi capitán; no se es siempre soltero por gusto.