Y con un suspiro de los más elocuentes, echó una mirada de reproche a la tía Liette, que se sonreía a medias.

Después recostándose en una butaca y levantándose las gafas por la frente para mirar más a sus anchas las facciones varoniles del joven oficial, dijo:

—Vamos a ver, señor misterioso, ¿tienes la intención de hacerme redactar tu contrato?

—¿Yo? ¡Qué disparate!

—No encontrarías dificultades... No eran las siete de la mañana cuando el tío Griel, un ladino que tiene la costumbre de tratar los negocios al salir de la cama, vino a consultarme sobre la venta de su prado de Ognolles y me insinuó de paso que piensa dar a su hija cien mil francos de dote... y que la chica no detesta a los militares...

—¿La pequeña Irma, que tenía las manos tan rojas y la deplorable costumbre de pisar los moñigos de vaca?

—La pequeña Irma es ahora una joven que vuelve de Santa Clotilde con todos los diplomas y tan hecha a las buenas maneras, que desprecia soberanamente a los aldeanos, empezando por el bueno de su padre.

—Prefiero, entonces, la antigua Irma.

—El recaudador, por su parte, ha venido a tomar conmigo el vino blanco, menos por mi bodega que por su sobrina, cuyos méritos me ha ponderado durante la misa... Tienen que contar...

—Clarita... ¿No la pusieron de largo cuando yo estrené mis primeros calzones?