—No es lo mismo. Sólo la maternidad crea un lazo indisoluble y sagrado; el nuestro se puede desatar por mutuo consentimiento, sin indiferencia por mi parte ni ingratitud por la tuya.

—Jamás, tía Liette, y me das mucha pena al iniciar solamente tal idea.

—No es esa mi intención, pero pudieran presentarse unas circunstancias en las que no debiéramos ser obstáculo el uno para el otro... un matrimonio, por ejemplo. Recuerda que eres libre, como yo también lo soy.

—¡En seguida! Yo no te permitiría casarte sin mi consentimiento, aunque fuera con mi querido padrino...

—Entonces, soy más generosa que tú, y, llegado el caso, no llevarías una suegra en tu equipo.

—Pues yo te declaro que no me casaría jamás con una mujer que no te venerase como a su madre.

En este instante pasaron por la calle dos sombrillas en el fondo de una carretela, como un relámpago azul y rosa.

Un momento después se abrió la puerta y apareció en el umbral una graciosa aparición haciendo el saludo militar.

—¡Buenos días, mi capitán!

—¡Miss Darling!—exclamó vivamente el joven levantándose de un salto.