—Todo el mundo no lo juzga así...
—Todo el mundo no es perfecto y juzga con frecuencia a los demás según él mismo. Para mí es rebajarse el suponer gratuitamente una bajeza.
—Puede uno fiarse de ti en materia de honor, tía Liette. Sin embargo, yo preferiría una mujer que tuviese menos que yo.
—Es un escrúpulo honroso, pero un poco pueril, y la cuenta sería difícil de establecer. ¿En cuánto estimas tu cruz?
Carlos se calló, vencido y contento.
La madeja estaba devanada, pero el joven permanecía a los pies de su madre adoptiva, apoyado en su butaca como cuando siendo pequeño, venía a que le hiciera mimos. Liette, tiernamente maternal, jugaba distraídamente con los dorados del uniforme.
—Decididamente, ¿irás a Argicourt? ¿Te da miedo la linda castellana?
—No, no es eso, tía Liette; pero, francamente, me sería desagradable el ir a una casa donde tú no estás invitada...
—Tienes todas las delicadezas, hijo mío; pero yo no soy tu madre...
—Eres más todavía...