—¿No ha sido el barón tu camarada?

—Sí, pero en el regimiento se borran las distancias, y, rico o pobre, un oficial vale lo que otro... mientras que hoy el señor de Argicourt vive en sus tierras, rico y casado... con una extranjera según creo...

—Una americana del Norte...

—Que le ha hecho presentar la dimisión... Viven muy en grande según parece...

—Hacen la vida que exige su clase y la fortuna de su mujer.

—Sí, él no tenía más que su nombre.

—Ya es algo—respondió Liette con melancolía.

—¿No te parece, tía Liette, sin hablar mal de nadie, que es un poco humillante para un hombre el debérselo todo a su mujer?

El joven esperó la respuesta con un poco de ansiedad. Era tanta su deferencia por el juicio de aquella guía segura e impecable, que una palabra de su boca le parecía una sentencia sin apelación. Así fue que sintió una especie de alivio cuando ella le respondió con indulgencia:

—¿Por qué? Cuando no hay cálculo en ninguna de las dos partes, el corazón no conoce las balanzas. El que ama verdaderamente se da sin contar, y para las almas bien nacidas, el que da es todavía más obligado que el que recibe.