—Siempre te veo el mismo bordado, tía Liette. ¿Haces acaso lo que Penélope?

—No, señor burlón, no es la misma; pero no varío ni el dibujo ni los colores, y de este modo me parece que no envejezco y creo que vas a jugar con los ovillos o a ayudarme a devanar las madejas.

—Y soy todavía muy capaz. Prueba.

—No, ahora eres demasiado alto.

—Puedo bajarme.

Y se puso de rodillas con las manos extendidas.

—¡Loco!—dijo Liette, divertida y feliz, arrojándole un ovillo de lana...

Y mientras buscaba el nudo, le dijo insistiendo afectuosamente:

—¿Irás a Argicourt?

—Conozco muy poco a los dueños.