—Es una invitación del señor de Argicourt para un Rally-paper, el sábado.
—¿Vas a ir?
Carlos vaciló un momento.
—No, tía Liette; mi licencia es corta, y quiero dedicártela entera.
—Pero yo no quiero ser egoísta y privarte de los placeres de tu edad.
—¡Qué buena eres!
—No es más sino que te quiero mucho.
Carlos la contempló con enternecimiento.
¡Oh! sí, la tía Liette le amaba... ¡Y él a ella!
A aquella hora la oficina estaba cerrada, y libres de importunos, ambos gozaban de la intimidad del reposo dominical que adormecía al humilde pueblo. Sentado enfrente de ella en el saloncillo ajado y delante del almohadón en que Liette acababa de poner su cesto de labor, Carlos se creía vuelto a la niñez y una sensación de exquisita dulzura penetraba en su ser.