—¿Le ha preguntado a usted sobre Carlos?
—Sí, indirectamente y con cierta acritud, no se lo disimulo a usted.
—Y usted, ¿qué le respondió?
—Nada o poco más; y se marchó muy contrariado.
—Aquí tiene usted una complicación imprevista, amigo mío. Siento que Carlos esté aquí. Pero no importa; si se trata de su dicha, yo sabré defenderle.
—Le defenderemos—rectificó calurosamente el digno notario.
Cuando Carlos volvió encontró a su madre adoptiva ligeramente preocupada. Una nube fugitiva que se ponía algunas veces en sus tranquilas facciones obscurecía el brillo de sus bellos ojos, tiernamente fijos en él y en los que se leía una vaga alarma.
—Una carta para ti—dijo dándole un sobre blasonado.
El joven la abrió y la leyó rápidamente.