—Comprendido... A las órdenes de usted, mi comandante.

Y dando un beso a su madre adoptiva, le dijo al oído:

—Apuesto a que para ti no habrá secreto profesional.

Un instante después atravesaba la plaza con paso diligente e iba a llamar a casa del cura con gran admiración de los muchachos.

Liette, que le había seguido con tierna mirada, se volvió entonces hacia el notario.

—¿Qué hay?—le preguntó sin otro preámbulo.

—En primer lugar, cierto señor Darling, tío y tutor de una riquísima americana, actualmente en el castillo de Argicourt, y que parece querer muy bien a nuestro africano, a quien encontró en el curso de un viaje a Argelia, donde les prestó un señalado servicio...

—Y además...

—Además el conde de Candore, apasionado de la joven miss y a quien los laureles del capitán Raynal impiden dormir.

Liette se puso la mano en la frente cargada de pensamientos.