—Nada de eso. Usted los calumnia; eran buenos muchachos y no sabían qué hacer para complacerme.
—Es que la presencia de usted los metamorfoseaba...
—No como Circe entonces.
—En una palabra, me encontraba en la situación novelesca, pero poco envidiable de las heroínas de Cooper, quitando la peladura... Y lo peor era que las provisiones eran limitadas y nosotros aumentábamos el número de bocas... A todo esto, el tío Dick, que se queja siempre de no tener apetito, lo tenía feroz en aquellos momentos. Así fue que para evitar el ser expulsados como bocas inútiles, nos ofrecimos a hacer fuego para cooperar a la defensa. Y aquí tiene usted cómo he servido a las órdenes del capitán Raynal y merecido ser comparada con la tía Liette, lo que me halaga mucho, hoy sobre todo.
—¡Y si hubieras visto qué valentía y qué buen humor, tía Liette! Los socorros se hacían esperar, y la desanimación, hermana del fastidio, hubiera acaso hecho estragos en mis hombres. Pero miss Darling les vertía su alegría como champagne, y organizaba conciertos y representaciones...
—¿Recuerda usted al tío Dick ensayando el «Yankee Doodle» en la corneta?
—¡Y qué hermana de la caridad consolando a los moribundos, curando a los heridos!... Cuando yo mismo estuve fuera de combate...
—¡No me lo habías dicho!
—¡Bah! un arañazo... Su influencia mantuvo mejor la disciplina entre aquellos hombres groseros y violentos mejor que las reprimendas de los oficiales, y remontó tan bien su moral, que cuando llegó la columna libertadora, los pobres diablos, que tenían el vientre vacío hacía veinticuatro horas, estaban aprendiendo... la bamboula bajo su alta dirección.
—¡Bah! se hace lo que se puede. Pagué mi escote de ese modo.