—También pagó usted en moneda de plomo. ¡Los moritos que dejó usted caer!...
—La verdad es que podrías alistarte en los rifles-women, Eva. ¡Cómo debes de despreciar nuestras cacerías de papelitos!
—Al contrario; prefiero esa caza a cualquiera otra. El defenderse está bien; pero matar sin necesidad... y sin riesgos... Sobre todo a inofensivas perdices... ¡Pobres animalitos!
Fue esto dicho sencillamente y sin falsa sensibilidad, de tal modo que Liette, tan sencilla y tan natural, quedó enamorada de aquella naturaleza tan igual a la suya.
Carlos leyó en sus ojos esa muda aprobación y sintió una viva alegría.
—¡Qué amable ha sido usted viniendo a vernos!—dijo a la joven con un impulso irresistible.
—Tenía mucho deseo de conocer a su tía de usted.
—¿Se la figuraba usted así?
—No mucho. Como dijo no sé qué personaje de comedia, «una tía es generalmente una mujer de edad», y la de usted ni siquiera gasta anteojos...
—¡Oh! no tardaré en gastarlos, miss Darling; mis ojos se van—protestó alegremente Liette, que, mientras hablaba con la condesa de Argicourt, había oído las últimas palabras de aquel aparte.