—Pero no los oídos—observó maliciosamente la joven americana.—La verdad es que me representaba a «la tía Liette» como una viejecita arrugada y canosa de cincuenta años lo menos.
—Los cumplo el domingo; hasta entonces ya me hará usted crédito.
Todos se rieron, y aquellas señoras se levantaron para despedirse.
—¿Decididamente no quiere usted ser de los nuestros?—preguntó la castellana con mucha amabilidad a Liette.
—Imposible, señora; pero agradezco a usted mucho su amable invitación.
—En todo caso, contamos con usted, capitán; a mi marido le encantará recordar con usted los buenos tiempos, como él llama a aquellos en que estaba soltero.
—Muy amable para ti, mi pobre Jenny.
—Tiene cuidado de añadir que echa de menos, no el celibato, sino el uniforme...
—Eso lo comprendo. ¿Por qué le has hecho presentar la dimisión?
—¿Querías que fuese siguiéndole de guarnición en guarnición?