—¿Qué quieres que te diga, Raúl? Tu madre me ha echado.

—¡Echarte! La palabra es fuerte y seguramente impropia... Cuando conozcas mejor las finuras de la lengua francesa...

—Echarme o despedirme, todo es lo mismo—dijo Juana con sorda vehemencia.

—Pero, en suma, ¿qué ha pasado entre mi madre y tú?

—La señora de Candore me ha dicho sencillamente que por motivos personales, estaba precisada a privarse de mis servicios.

—¡Diablo!—exclamó Raúl mordiéndose el bigote.

—¿Qué va a ser de nosotros?

Aquel nosotros pareció molestar un poco al conde, que dijo reprimiendo un movimiento de impaciencia.

—No hay que exagerar. Es un incidente lamentable, pero que no debe alarmarnos gran cosa. Bien sabes que te amo y que no te abandonaré. Tengo que volver muy pronto a Inglaterra, y sólo se trata de una separación momentánea.

—¡Separarnos!—murmuró Juana muy pálida.