—Es preciso; no puedo interceder por ti con mi madre sin confirmar sus sospechas... Si es que no tiene más que sospechas. Por otra parte, no puedes estar eternamente al lado de Blanca como institutriz.
—No, pero puedo estar como hermana y como tu mujer. ¿No estamos casados?
—Sin duda, sin duda, pero estaría muy mal elegido el momento para semejante confesión.
—Sin embargo, Raúl, no podemos tardar más. Mi dignidad y la tuya no sería lo único que sufriría... Hay que hablar a tu madre, es preciso...
Sorprendido por aquella vehemencia que contrastaba con su apariencia débil y delicada, Raúl la interrogó con la mirada.
Confusa y ruborizada, Juana se acercó más estrechamente a su marido y pronunció muy bajito unas palabras.
Raúl soltó una exclamación que nada tenía de satisfecha, y con las cejas fruncidas y la expresión dura y descontenta, separó casi rudamente a la pobre mujer.
—¡No nos faltaba más que esto!—masculló el joven entre dientes.
Prodújose un penoso silencio.
Por fin, haciendo un esfuerzo para disimular su violenta contrariedad bajo el barniz mundano, dijo Raúl con sonrisa forzada: