Carlos había podido admirar la valentía, la sangre fría y la sonriente resignación de aquella niña mimada de la suerte y de la fortuna, amenazada a los veinte años de dar un eterno adiós a todos los goces que le estaban prometidos.
Ella, por su parte, había podido apreciar el carácter caballeresco, la pronta decisión y la viril energía de aquel joven jefe encerrado en aquel precario abrigo con un puñado de forajidos, en quienes hacía vibrar las cuerdas dormidas del patriotismo, del heroísmo y del honor por la fuerza del ejemplo.
Lo que no era siempre fácil.
Un tal Ragasse, una de las malas cabezas del destacamento, hongo venenoso del lodo parisiense, de aspecto burlón, acento provocador y lenguaje de barrios bajos, acribillado de castigos hasta no saber qué hacer de ellos, y, por esto mismo, de una profunda indiferencia respecto del particular, causaba la desesperación de sus superiores y les producía serias inquietudes por su perniciosa influencia sobre sus camaradas. Fatuo y presuntuoso además, el tunante no ocultaba su grosera admiración por miss Darling, a la que asestaba miradas lánguidas, dignas de un tenor de Belleville, y el capitán había tenido que amenazarle más de una vez con el cepo.
Ragasse, pues, le había consagrado un odio astuto que no esperaba más que la ocasión de estallar...
Una noche, pasando por delante del dormitorio, Carlos le oyó pronunciar claramente estas palabras:
—El capitán las echa de guapo para deslumbrar a la chiquilla; pero es para mí; y si quiere andarse en chanzas le corto el pescuezo en menos que canta un gallo.
Una oleada de cólera le subió al cerebro, y el joven oficial abrió de repente la puerta...
Aterrados por esta aparición, los soldados agrupados alrededor del orador hicieron un vago movimiento de retroceso; solamente aquél, con expresión burlona y actitud provocadora, sostuvo sin pestañear la mirada de su jefe...
¿Qué hacer?