Nada tenía influencia en aquellas cabezas de hierro.

Castigarle, hubiera sido arriesgar algún motín, y nada más.

Pero la debilidad hubiera producido un efecto todavía más deplorable.

Si creían meterle miedo, la insolencia de aquellos miserables no tendría ya límites.

Esta vacilación no duró más que un relámpago.

—Un hombre de buena voluntad para una misión peligrosa—dijo Carlos muy tranquilo.

Todos dieron un paso adelante.

—¡Ragasse!—gritó el capitán en tono breve.

—Presente.

—Sígame usted.