Su resolución estaba tomada. Había que impresionar la moral de aquellos seres degradados, pero susceptibles de ideas generosas. Espíritus y cuerpos indomables, era preciso hablar a sus corazones.
Ragasse, sin darse prisa, bajó contoneándose con las manos en los bolsillos.
—Si estaba detrás de la puerta—dijo con malicia,—no le disgustará desembarazarse de mí...
Y escuchó con expresión provocadora sus instrucciones.
Tratábase de ir a recoger cartuchos, que empezaban a faltar, de los muertos del día, no recogidos aún por los árabes.
—Está bien; allá voy. ¿Dónde está el saco?
Y se lo echó a la espalda, diciendo:
—Esto me recuerda cuando iba a robar alcachofas a la llanura de Saint-Denis...
El capitán hizo formar el círculo.
—Si el soldado Ragasse vuelve sano y salvo, todos sus castigos serán levantados; si muere, su nombre será citado en la orden del día.