—¡Bueno!—murmuró el soldado,—esa orden del día le gustará a él más que a mí.

—Si yo no vuelvo, el teniente Donnet tomará el mando—añadió Carlos.

Ragasse se detuvo sorprendido.

—¡Mi capitán!... ¿Viene usted también?

—¿Por qué no?—respondió Carlos sencillamente fijando en él su clara mirada.

Y pasando el primero, salió por la poterna sin volver la cabeza.

El otro le siguió como un perro.

Si le había oído, era valiente lo que hacía el capitán...

¡Salir tranquilamente así, delante de su fusil!... No tenía más que apretar el gatillo... No había nadie... Nada que temer... Los árabes tenían buena espalda.

Verdaderamente era tentar al diablo... El golpe era fácil... demasiado fácil...