Pero no, no tan fácil como parecía... Aunque hubiera querido, su mano crispada no hubiera obedecido a su voluntad impotente.
En vano trataba de avivar su rencor y de mascullar sus malas voluntades; no podía herir a aquel hombre a quien odiaba, pero que se fiaba así de su lealtad...
Y humillado y furioso decía con rabia:
—¡No puedo!...
De repente tropezó en un cadáver; habían llegado al sitio del combate.
—Llene usted el saco—dijo el oficial.
En la sombra opaca su fina silueta se destacaba más sombría todavía; inmóvil y sondando el horizonte tenebroso, no se ocupaba siquiera de su compañero, que se daba prisa para acabar su lúgubre tarea...
De pronto, un relámpago desgarró la obscuridad.
Ragasse dio un salto.
—¡Mi capitán! ¿No está usted herido?