Tan compasiva y dulce como valiente, tenía para todos la piedad que consuela y la palabra que levanta, tal como el «Eloa» del poeta cuya radiante caridad no se detiene en las puertas del infierno.

Por eso tenían todos por ella una admiración que sólo podía compararse con su respeto. El día en que fueron libertados y tuvieron que separarse, todos lloraban, y ni el perdón general de los castigos concedido a su petición, ni las liberales promesas del tío Dick, ni la distribución de vino, de tabaco y dólares lograron consolarlos.

Entonces, viendo su pena, la joven miss tuvo una delicada inspiración.

—Si fuese yo una reina de otros tiempos, querría condecorar a todos mis bravos defensores... No soy más que una hija de la libre América, pero os pido que llevéis sus colores en memoria mía.

Y con encantadora amabilidad, empezando por el último soldado y acabando por el capitán, les distribuyó la cinta azul sembrada de estrellas, un poco ajada, que adornaba su traje.

A consecuencia de aquella acción, el capitán Raynal fue propuesto para la cinta roja... Pero él no pudo olvidar la cinta azul.

La tía Liette no había vuelto a preguntar a Carlos si iría a Argicourt.

Pero, el sábado por la mañana encontró al despertarse su mejor uniforme cuidadosamente cepillado, sus botas bien embetunadas y la camisa más fina preparada al pie de la cama, como por el asistente más meticuloso.

Y el joven se quedó encantado.

¡Querida tía Liette!