—¿Ha pescado usted algo, mi capitán?—preguntó ansioso mientras se elevaba del campamento un sordo rumor y unas sombras se agitaban en la sombra como arenas movibles.
—Una bala en la pantorrilla. Huye, muchacho; me han hecho mi negocio sin que tú hayas intervenido.
—¡Oh! mi capitán... mi capitán...
Sofocado y anheloso, el pobre diablo hubiera querido echarse a los pies de su jefe, pero no era aquel el momento, y, sin más tardanzas ni protestas ociosas, le cogió en sus vigorosos brazos y se le llevó corriendo hasta el Blockhaus, al que llegó jadeando y no sin sufrir una descarga general.
Carlos estaba salvado.
Ragasse domado.
Y cuando Eva, hermana de la caridad improvisada, estaba curando al uno y felicitando al otro, el capitán dijo con bondad:
—Es más fácil ser un héroe que un asesino, ¿verdad, Ragasse?
Desde entonces no tuvo auxiliar más adicto, ni miss Darling perro más fiel.
Era que también en ella realizaba la adversidad su obra saludable; la joven aprendía a considerar como hombres a aquellos desgraciados, escoria de la sociedad, pero en los que brillaba aún la chispa divina debajo de las cenizas.