—No, por antigüedad; es un amigo más antiguo que usted—respondió la joven con vivacidad, aunque corrigiendo con una sonrisa lo que esta respuesta tenía de desagradable...

...¡Después la cacería! La embriaguez de galopar juntos al son de la trompa que estallaba como una música triunfal, en medio de un torbellino de jinetes, cortejo improvisado de su felicidad. ¡Ah! qué poco se cuidan los dos imprudentes, del despecho y de la cólera que dejan detrás... Tampoco se ocupaban de la mirada celosa que les seguía a través del espacio ni de los negros pensamientos que señalaban más las ligeras arrugas de la frente del diplomático, mientras el tío Dick, poco seguro en su caballo, una plácida yegua digna de un obispo, iba a pegarse a él esperando sin duda que le prestase un poco de su aplomo. ¡El buen tío Dick! ¡Cómo hubiera querido Raúl verle en el fondo de un barranco!...

...Después, embriaguez mayor todavía, la entrada en la espesura para encontrar la buena pista; el gozo de encontrarse solo con ella.

La hubiera seguido así hasta el fin del mundo.

Y, sin embargo, todo le decía que debía huir de la peligrosa sirena...

Su razón le gritaba:

«¡Detente!... no vayas más lejos. El espíritu es fuerte, pero la carne es débil. Vuelve sobre tus pasos si no quieres dejar pedazos de tu corazón entre las malezas de los bosques.»

Su orgullo le gritaba:

«¡Detente! Principios, honor, deber, todo lo pisotearías. Es rica, y tú pobre; te debe la vida y no debes abusar de ello. Vuelve sobre tus pasos, si no quieres dejar un poco de tu dignidad entre las piedras del camino.»

Pero su alma cantaba los versos de Musset: