—¿No ha pensado usted nunca en eso, miss Darling? Porque esa duda cruel que envenena su vida de usted, sería más cruel todavía para los que creyeran leerla en sus ojos amándola sinceramente.
—Es verdad, no es fácil obligar a un alma orgullosa. Esto me recuerda una de las más bellas escenas de Schiller, cuando don Carlos, siendo niño, quiere en vano obtener la amistad de Posa, niño como él, y choca con el frío respeto que es debido «al hijo del rey», hasta el día en que, para vencer su orgullo, se denuncia en su lugar como autor de cierto atentado contra la dignidad de Felipe, y recibe el castigo servil destinado al que resulta al fin su amigo.
—Sí, la escena es hermosa; pero el marqués de Posa, ese modelo de generosidad, me resulta un poco disminuido aceptando tan fácilmente la abnegación caballeresca del príncipe.
—Es usted muy severo. El sacrificio es a veces menos penoso que el agradecimiento.
—Habla usted como la tía Liette.
—Mejor. Quisiera parecerme a ella en todo.
—«Abnegación, tu nombre es mujer». Pero yo, que no soy más que un hombre, tengo la quisquillosa susceptibilidad de mi sexo...
—¿No pediría usted entonces la mano de una heredera?—preguntó la joven valientemente.
El capitán bajó los ojos para huir de la clara mirada fija en la suya, y respondió con acento ahogado, pero firme:
—No, señorita.