También era esta la opinión del capitán.
—Su tía de usted me ha gustado mucho, pero mucho—declaró la joven americana con esa espontaneidad que tan bien le sentaba.—¿Es hermana de su madre de usted?
—No, miss Darling, es sólo mi prima muy lejana. Ese nombre de tía Liette es una ingeniosa delicadeza suya para engañar mi aislamiento de huérfano y crear entre nosotros un lazo ficticio más poderoso que muchos lazos naturales. Quiero a la tía Liette tanto como si fuera mi madre.
—Y bien se ve que ella le quiere a usted como a un hijo. Son ustedes los dos muy felices. Yo también me quedé huérfana muy pequeñita, pero no he tenido segunda madre. Mi tío es excelente y me quiere mucho, pero es un hombre. Para él, mi dicha consiste en no rehusarme nada, en satisfacer todos mis caprichos y en prevenir mis menores deseos... Nada más, y es poco...
—¡Cómo! ¿Ni una parienta?
—Sí, parientes... pobres. Sabe usted, capitán, que es uno de los inconvenientes de la riqueza el ver siempre el gusano roedor que ataca a los más hermosos frutos. ¡Es tan raro el encontrar un cariño desinteresado! Usted no ha dudado jamás de un beso de su tía...
—Y con razón; se lo debo todo...
—En mí, cada caricia un poco tierna ha ido siempre precedida de una petición de dinero, una deuda que pagar, una joven que dotar, un sobrino que establecer... «Hija mía, debías decir a tu tío...» ¡Oh! ya conocía la fórmula... Por eso mi corazón de niña, ávido de entregarse, se moría de asco; no he querido ya alrededor de mí más que mercenarios declarados, con los cuales, al menos, no me llevaba chasco. ¡Es triste!
—Sí, en eso está el escollo—murmuró el joven oficial.—Lo que atrae a los unos ahuyenta a los otros.
—¿Por qué?