No, nada había cambiado en sus proyectos para el porvenir. Eva se volvería a América y él a alguna guarnición lejana. Probablemente no se verían más; él envejecería solitario como la tía Liette: ella se casaría con algún brillante noble o con algún rey del país de los dólares... No era esta una agradable perspectiva, y, sin embargo, era feliz.

«El corazón tiene razones que la razón no conoce.»

—¡La amo!—murmuraba Carlos muy bajito.

Y el eco le respondía más bajo todavía:

—¡También te ama ella!

El que no encuentre estas razones suficientes es que no ha tenido nunca veinte años.

Poseído por la embriaguez de la hora presente, Carlos no miraba más allá ni pensaba más que en el momento en que debía reunirse de nuevo con su amada. El señor de Candore había invitado colectivamente a todos los cazadores presentes en Argicourt a una gran batida en sus bosques en la semana siguiente. Y el joven oficial no esperaba más que la invitación particular fijando el día definitivo, cuando la tía Liette le dijo después de una ligera vacilación:

—¿Deseas mucho ir a esa cacería?

¿Si lo deseaba? ¡Oh! sí...

Carlos la miró muy sorprendido.