—No te ocultaré, tía Liette, que debo encontrar allí muy buenos camaradas...

—¿Y si yo te pidiera que me la sacrificases como querías sacrificarme la otra?...

—No podría rehusártelo, pero lo sentiría mucho más.

—¿Por qué? Apenas conoces al señor de Candore.

—No es solamente por él, pero sus bosques son, según se dice, muy abundantes en caza y a mí me gusta mucho esta diversión.

El joven se embrollaba más y más.

—En fin, tía Liette, me sería muy penoso el no ir, confesó francamente.

Por las tranquilas facciones de la solterona se deslizó la sombra de una duda.

—Entonces, me es doblemente penoso el insistir, hijo mío, pero te lo ruego, no vayas a esa cacería—dijo con dulce firmeza.

Impresionado por su acento, el joven experimentó una vaga inquietud. ¿Había su tía adivinado su secreto? ¿Desaprobaba su conducta?