—¿Tienes algo que reprocharme, tía Liette?—balbució confuso.

Liette hizo un gesto de orgullo.

—¿A ti? No, hijo mío; mis razones son enteramente personales. No me las preguntes... por el momento.

Asombrado, Carlos se inclinó discretamente.

—Está bien, tía Liette, no aceptaré la invitación—dijo ahogando un suspiro.

El joven no debía tener este disgusto...

¿Fue olvido voluntario o involuntario? Ello fue que la invitación no llegó...

—Mejor, así no tendrás necesidad de excusarte—dijo la oficinista tranquilamente timbrando la serie de tarjetas de invitación destinadas a las personas de los alrededores.

Pero Carlos no lo veía lo mismo, y se tiraba del bigote, presa de una sorda irritación.

Aquello era más que una falta de política por parte de una persona tan correcta; se veía una intención ofensiva. ¿Por qué?