Cordiales apretones de manos, protestas de estima, señales de respeto, nada faltó, y el corazón de los que eran objeto de estas manifestaciones llegó a oprimirse vagamente. ¿Qué había pasado? ¿Por qué esas muestras de simpatía que parecían cumplimientos de pésame? ¿Quién se les había muerto? ¿Qué desgracia les castigaba?

Un gran ruido de cascabeles, y un break se detiene en la puerta. Los señores de Argicourt entran a su vez seguidos de Eva, que abraza valientemente a la tía Liette.

—Señorita—dice la joven castellana, mientras su marido estrecha una vez más la mano de Carlos,—tendríamos mucho gusto en ver a ustedes en Argicourt antes de que se vaya el capitán. Estaremos en toda intimidad; una comida de familia. No nos rehusarán ustedes este favor, que nos honrará mucho, y ustedes elegirán día...

Decididamente, había algo...

Cuando se marcharon, el joven oficial se puso el abrigo con ademán nervioso y cogió el sombrero.

—¿Adónde vas?—le preguntó la tía Liette asustada.

—A dar una vuelta antes de comer; me ahogo aquí.

Carlos salió y se alejó a grandes pasos. Quería saber... El sabría...


Al llegar a Candore, la primera mirada de Eva fue para buscar al capitán. Raúl lo echó de ver, y sintió un sordo resentimiento, pero se contuvo gracias a ese dominio de sí mismo que da la costumbre del mundo, y siguió mostrando la exquisita cortesía que hacía de él un perfecto caballero cuando quería tomarse ese trabajo. Neris, por su parte, acogió a la joven americana con una amabilidad meritoria dados los proyectos matrimoniales de su sobrino, y estaba hablando amistosamente con ella de los recuerdos comunes traídos de la Ciudad Eterna cuando este último fue a interrumpirlos dando la señal de la marcha.