Por segunda vez, Eva echó una mirada circular a la multitud de los cazadores, equipados y armados en razón inversa de su habilidad cinegética, pues los más temibles para la caza no eran los que tenían mejor escopeta ni más profundo morral; pero ella no hizo ninguna profunda reflexión. Carlos se reuniría con ellos, sin duda, en la Cruz del Pequeño, donde debía empezar la batida.
Solamente, en lugar de seguir a pie con Jenny y unos cuantos intrépidos, declaró que prefería el coche, con gran contrariedad del diplomático.
—No tengo verdaderamente suerte con usted, miss Darling—dijo con involuntaria acritud.—¡Yo que esperaba hacerle a usted tirar la primera pieza!
—No lo sienta usted, porque no la acertaría.
—Pero, en fin, ¿es que le desagrada a usted mi compañía?
—Nada de eso, pero prefiero la del señor Neris—respondió con una sonrisa al anciano, que se quedó encantado;—esta vez no dirá usted: «¡Plaza a los jóvenes!»
—Ahí lo tienes, sobrino, no eres bastante viejo—observó el octogenario con un dejo de malicia.
El conde se encogió de hombros.
—Al menos aboga por mí—le dijo al oído.
Lo que era quizá mucho pedir.