Además de Eva y el señor Neris, la carretela contenía también al notario Hardoin y al tío Dick.

—Un terceto de inválidos respirando un capullo de rosa—dijo galantemente el anciano Héctor.

—Hable usted por sí mismo—respondió en tono de protesta el notario.—Yo mato aún con limpieza una liebre cuando se me antoja, y pienso festejar mis bodas de oro con mi despacho cuando la señorita Raynal festeje las de plata con la oficina de Correos.

Al oír este nombre, un fugitivo rubor coloreó la graciosa cara de Eva.

—Tiene usted una encantadora vecina—dijo con convicción.

—¿A quién se lo cuenta usted, señorita?—exclamó alegremente el señor Neris.—Hace veinte años que este pobre señor Hardoin es fiel a su despacho por no renunciar a esa preciosa vecindad, esperando que el mejor día la señorita Raynal se equivoque de puerta y se meta en su casa para no salir más. Hasta se dice que tiene encima de la mesa un contrato enteramente redactado en el que sólo falta una firma...

—Ríase usted, señor Neris. No había más que una mujer para hacerme abjurar el celibato, y esa se ha quedado soltera...

—Su sobrino es enteramente... wery-well—dijo el tío Dick.

—Son dignos el uno del otro—afirmó gravemente el señor Hardoin.—Hubiera deseado tener a la una por mujer y al otro por hijo.

—Muy exigente es usted, querido; yo me contentaría con tenerle por sobrino—suspiró el tío de Raúl.