Eva estaba radiante; sus ojos brillantes y su color animado expresaban el placer que le causaba la conversación. Así fue que cuando el conde volvió a la carga renovando sus instancias para hacerla decidirse a hacer compañía a la juventud, la joven rehusó con viveza y le envió bastante bruscamente a sus ojeadores, que ya estaban haciendo ruido.

¡Qué diablo! No sólo hay éxitos en la carrera diplomática y un solo pantalón rojo vence a veces, nada más que con mostrarse, a las sabias combinaciones de todos los Talleyrand del mundo.

Es probable que si la joven miss hubiera vislumbrado el dormán del capitán al través de las ramas hubiera encontrado de pronto menos atractivos a la sociedad de los tres inválidos, pero las instancias del diplomático no tenían el mismo poder. En amor como en la guerra, los más elocuentes no son los más habladores, y Eva hubiera respondido de buena gana como Inés:

Horacio con dos palabras
lo hablara mejor que vos...

Y falta saber si esas dos palabras eran necesarias...

La cacería estaba acabada. De vez en cuando algún tiro aislado como último eco del tiroteo del día; alguna liebre que saltaba por el llano; alguna perdiz asustada que rastreaba el surco.

Carlos no había parecido...

—¿Por qué?—se preguntaba Eva muy triste.

¿Sería que su huraño orgullo podía más que su tímido amor? ¿Sería que aquel valiente tenía miedo de ella y de sí mismo, y, sin fuerza para afrontar una nueva entrevista, empleaba su valor en la fuga?

Porque Carlos la amaba, estaba segura.