Si la duda trataba de insinuarse en su corazón, Eva no tenía más que cerrar los ojos para volver a ver a aquel varonil semblante ansiosamente inclinado hacia ella y para oír el eco todavía vibrante de aquel apasionado: «¡Eva, mi querida Eva!» que hacía estremecerse deliciosamente todo su ser.
¿Era, pues, su voluntad más fuerte que su amor?
Y la joven miss hacía una linda mueca que indicaba un ligero despecho. Por una vez, ella, que tanto apreciaba a los fuertes, hubiera preferido un poco de debilidad... Ya el sentimiento que turbaba su alma quitábale el aplomo, y ella tan valiente, no se atrevía a preguntar. Pero el tío Dick acercó tranquilamente el fuego a la pólvora.
—¿Cómo será que no hemos visto al capitán? ¿Se habrá acabado su licencia?
—No, señor Darling—respondió el notario con acento distraído,—pero no estaba invitado que yo sepa...
—¡Cómo!—protestó vivamente Eva;—fue una invitación colectiva y yo fui testigo.
—Entonces no ha sido reiterada.
—¿Está usted seguro, señor Hardoin?
—Segurísimo, señorita.
La cara de la joven se iluminó con una llama. Aquella flagrante falta de educación, cuyo secreto motivo adivinaba, le hizo el efecto de una injuria personal a la que se propuso responder duramente.