Al volver al castillo, donde había preparado un lunch Raúl ofreció el brazo a su «perversa amiga», que lo aceptó con una espontaneidad de buen agüero y se dejó conducir al puesto de honor. Pero apenas el conde, muy entusiasmado, hubo dicho unas cuantas galanterías triviales, la joven le disparó a quemarropa y en voz tan clara que todo el mundo lo oyó:
—A propósito, el capitán Raynal no ha recibido invitación, ¿sabe usted?
Desconcertado por aquel ataque imprevisto, el conde balbució algunas palabras vagas.
—Quería advertírselo a usted—prosiguió Eva agresiva,—por si es un olvido... lamentable...
—Sí y no, señorita—respondió Raúl picado en lo vivo por aquella visible ironía. Siento infinito haber privado a usted de un acompañante a quien parece apreciar mucho...
—Mucho...
—Pero por otra parte, lo confieso, le agradezco una reserva muy indicada en él.
—¿Por qué? Explíquese usted, si gusta.
—Hay cosas imposibles de explicar a una señorita.
Hubo un instante de silencio molesto.