El señor Hardoin jugaba con el cuchillo, con una enigmática sonrisa en los labios.
—Dispense usted, querido conde—dijo gravemente el señor de Argicourt,—pero usted ha encontrado al capitán Raynal en mi casa y soy solidario de todos mis huéspedes. ¿Sabe usted alguna historia respecto de él?
—No quiera Dios, mi querido amigo—protestó vivamente Raúl, que sentía ya su torpeza;—creo que es un oficial de mérito, del que no tengo nada que decir... Pero no es sólo...
—Creía haber encontrado con frecuencia a la señorita Raynal en casa de su madre de usted, señor conde—dijo tranquilamente el notario.
—Y yo siento tener que recordarte que esa persona, por la que profeso la más alta estima, ha sido la compañera y la amiga de tu mujer, mi pobre hija—añadió Neris con severidad.
El conde se mordió los labios. Su celoso rencor le había llevado demasiado lejos.
—Tienes razón, tío, no he debido olvidarlo—dijo esperando cortar así el debate.
Pero Eva no le permitió esquivarse por esta hábil maniobra.
—Perdone usted—dijo extendiendo su fina mano como para cortarle la retirada;—si no comprendo mal, es a la señorita Raynal a la que se refieren sus insinuaciones... No diré a usted que eso no es digno de un noble, ni siquiera de un caballero... Pero, ¿no la ha mirado usted nunca?
—Dispense usted, señorita, pero la cuestión se extravía a un terreno muy delicado al que no puedo seguirla.